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domingo, 21 de agosto de 2011

qué buena idea escribe Andrés Echalar en LTD, la de Nardy Suxo, de convocar a un concurso para mostrar "la tremenda burocracia existente" en los estrados masistas. serán miles los concursantes y no habrá premio alguno


La Ministra de Transparencia ha tenido una idea ingeniosa, hacer una suerte de concurso entre los usuarios de los servicios del Estado, titulado “el peor trámite de mi vida”, la propuesta es novedosa y terminará siendo una invaluable documentación que dibujará de cuerpo entero una de las facetas más desagradables y a la vez comunes en el cotidiano de los ciudadanos bolivianos. Las narraciones que sean enviadas al ministerio en cuestión deberán ir luego del concurso, y del uso que se haga de las mismas para combatir a la putrefacta burocracia que nos ahoga, al archivo de Sucre, porque insisto, serán una fuente de información invaluable para un estudio del cotidiano.
El valor de la convocatoria está también en que hará que los ciudadanos se sientan un poco protagonistas, al estilo de la tribuna libre del pueblo del malogrado compadre Palenque, sólo que por escrito. De una manera u otra, se dará un espacio donde las personas  con capacidad de expresarse por escrito, (con las disculpas del Canciller), puedan hacer una suerte de catarsis.
Juntar las pesadillas burocráticas con la falta de transparencia es obviamente un acierto, y es que los retrasos, el traspapelado, los vuelva usted mañana, son una antesala o si se quiere una invitación a la concertación de una coima. Es por eso que la ineficiencia en la atención a los usuarios debe ser vista siempre con sospecha. Ahora bien, es obvio que no se necesita un concurso para de antemano saber dónde están los focos más purulentos de mala atención, de abuso al ciudadano y de corrupción de bolsillo.
La Hermana Nardy no necesita esperar resultados. Posiblemente  la oficina más hedionda de la administración pública es el Registro de Derechos Reales. Todo en Derechos Reales está hecho para que un ciudadano honesto levante las manos y tarde o temprano suplique por cometer un delito, (digo, por pagar una coima). Enemigo declarado como soy de los linchamientos y en términos generales de la justicia comunitaria, cuando personalmente tuve que ver con esa repartición, estuve a punto de renunciar a mis principios, hubo momentos en que ofuscado por la desesperación, fantasee con un acto terrorista,  con brutales castigos corporales y con castigos bíblicos que alcanzasen a los descendientes de los funcionarios de esa repartición.
Ahora bien, más que coleccionar anécdotas, este flagelo debe ser tratado de otra manera, hay responsabilidades que van más allá de los funcionarios de ventanilla y de las autoridades que manejan una institución como Derechos Reales. Toca preguntarse entre otras cosas, en el rol de la oficina del Defensor del Pueblo, porque esa, la de proteger al ciudadano de irregularidades cometidas por funcionarios del Estado, es parte importante de sus atribuciones.
Echarle la culpa de esta corrupción cotidiana, al antiguo sistema neoliberal, sería tan injusto como echársela a quienes gobiernan al país desde hace más de cinco años. El tema es serio, tiene poco que ver con ideologías, sino más bien con una miseria humana con la que seguiremos conviviendo por mucho tiempo. 

El autor es periodista independiente.

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