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viernes, 11 de junio de 2010

Puka Reyes Villa nos cuenta sobre el origen de la wiphala y la reacción en Oruro frente a policías asesinados en Uncía

Walter "Puka" Reyesvilla Mendez
aguadoble@yahoo.es

"Evo, asesino… Evo, asesino…" fue el estribillo más sonoro entre aquellos coreados por la multitud que acompañó los cuerpos de los cuatro policías asesinados en los "dominios" originarios aledaños a Uncía hacia su última morada, el cementerio de Oruro, la tarde del sábado 5 de junio.

Dos días más tarde, en otra manifestación de repudio, ciudadanos de la capital del folklore boliviano procedieron a incinerar banderolas con el logotipo de la desaparecida bebida Champagne Cola –más conocido como "wiphala"- que, por azares culturales, se convirtió en símbolo indígena. Originalmente, a falta de una bandera propia de los campesinos, Gastón Velasco, dirigente del MNR, echó mano de las etiquetas de dicha gaseosa a manera de decorar los actos partidarios en el área rural –hacia finales de los años 80 del siglo anterior, ONG's agrarias rescataron la ocurrencia y llegamos a los días actuales con la dichosa figura constitucionalizada como símbolo patrio, en forzada imposición-. Como constitucionalizada está la (mal)llamada "justicia comunitaria", entelequia que ni sus más fervientes teóricos saben precisar y en cuyo nombre se cometen actos de barbarie tales como los de Saca Saca y sus alrededores.

(Una conjetura: Si lo que tenía a mano ese momento Gastón Velasco, hubieran sido etiquetas de kinoto de Salvietti, hoy flamearían al lado de la Tricolor).

Las muestras de repulsa contra Evo Morales en Oruro han puesto al Gobierno en figurillas; el manual ya no sirve: atribuir estas manifestaciones a los "separatistas" cruceños, a las transnacionales saqueadoras, a agentes de la CIA, al neoliberalismo, a las logias, a la Unión Juvenil, a la prensa de derecha, al "racismo" de Sucre, al capitalismo salvaje, o a los partidos de oposición, no alcanza para descalificarlas. El vocero gubernamental apenas balbucea incoherencias sin la convicción con la que solía salir al frente cuando de amenazar a los demócratas se trataba.

Los hechos de la región de Uncía no son sino la consecuencia de la insana política con la que el MAS introdujo las figuras de "autonomía indígeno-campesino-originaria" y de "autonomía regional" para debilitar la autonomía departamental abanderada por Prefectos de la oposición. Bueno, pues, a la letra de la Constitución masista, no han tardado en establecerse los señoríos comunales sin otra ley que valga que la del propio estado de naturaleza en el que se desenvuelven tales grupos.

Gran cosa hubiese sido que el político que reconstruyó su lado indígena, una vez en el poder, condujera a estos pueblos hacia el proceso civilizatorio del que él mismo es expresión, ambigua por su propia de necesidad de mostrarse ajeno al mismo. Sin embargo, sucede todo lo contrario: los condena a permanecer, sino retroceder, en estado de (semi)barbarie; barbarie combinada con actividades perniciosas.

Si la hipótesis de que el ajusticiamiento de los infortunados policías fue una vendetta por la incautación de una importante cantidad de cocaína a un cacique layme, estamos hablando de la confirmación, que ya era un secreto a voces, de que el discurso de la "reserva moral de la humanidad" atribuida a la indigenidad es un mal chiste. Este caso, sumado a otros como el del "Clan Terán" nos hablan de una especie en expansión: el "narcoriginario".

A todo esto, Evo Morales continúa como líder de los cocaleros del Chapare. A buen entendedor...