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domingo, 19 de agosto de 2012

egregia figura de la radiodifusión boliviana MARIO CASTRO, dueño de regia voz, excelente entonación algo grave, discípulo de Liber Forty en Nuevos Horizontes de Tupiza, fundador de la Federación de Trabajadores de Radio, que más tarde fue también de Televisión. bien retratado por Lupe Cajías


Hubo una época en que no había luz eléctrica durante las horas vespertinas paceñas. Supongo que para la cocinera aquello era un afán. Para los niños era un ritual. Prender las velas, trasladar los candelabros del comedor al dormitorio, subir las gradas como sombras chinescas y llegar hasta la cama, siempre deliciosamente asustados.
Entonces, la hermana mayor sintonizaba Radio Altiplano y, desde el fondo de la nada, surgía una voz grave y profunda superando la música y los efectos de pasos secos: “Apague la luz y escuche”. Eran historias fantásticas llenas de chirridos y susurros. A veces, el simple batir de la puerta sofocaba la llama y los hermanitos sentían que el siniestro personaje se salía de la caja oscura para jalar las piernas flacas.
Muchos años después, casi por casualidad, descubrí que esa voz que maravilló mi infancia era de un hombre de carne y hueso: Mario Castro, periodista desde sus 20 años, no solo era el joven director de la época de oro de esa emisora, sino el responsable de apasionantes programas. Los mayores escuchaban Puntos suspensivos, que relataba una historia hasta el clímax del argumento; entonces los oyentes enviaban cartas con un final imaginado, siempre sorprendente.
Para los niños, la radio pasaba títeres que cobraban colores únicamente a partir de voces y sonidos. Apenas recuerdo un programa con leyendas bolivianas; en cambio, me encantaban las entrevistas. Desde que mi padre, intuitivo, me regaló una pequeña radio a mis 12 años, comencé a fascinarme por el mundo de las noticias y de los ‘cuentacuentos’.
Después llegó la televisión, en blanco y negro, únicamente el canal estatal, con ofertas nacionales como en ninguna otra época. Una de las series inolvidables fue Bellows pregunta, cuando las familias se reunían después de cenar para asistir conmovidas a los concursantes que Castro examinaba. Culto, cultísimo, exigente con el uso correcto del idioma, Mario nos enseñaba de todo un poco.
En los años 80, desde su propia Radio Cristal, lanzó al aire los programas de largo aliento como la famosa Caminata, en el que se estrenaron Cristina Corrales y Carlos Mesa, bajo la conducción de otro hombre de la época de oro de la radio paceña, Lorenzo Carry.
Desde hace 30 años prefiero esa emisora porque Mario Castro, consecuente con su trayectoria, no dejó que las pasiones coyunturales afecten su independencia. Metódico y sereno, puso freno a cualquier estridencia, y la radio mantiene voces serenas, que, además, cuidan las palabras. Sus guiones, nacionales o europeos, no incluyen insultos ni adjetivos.
Sin duda, el mayor de sus éxitos está en su apoyo a toda expresión cultural, de artistas consagrados o de jóvenes que presentan su primer libro de poemas. Hace poco, la Fundación Cultural Huáscar Cajías lo nombró Amigo predilecto en una visita sorpresa a su propia revista cultural de los domingos.
La reacción de muchos otros gestores de arte y de literatura no se dejó esperar. Son muchos, muchísimos, los bolivianos que también quisieran declarar ‘amigo predilecto’ a Castro por su ayuda desinteresada.
Mario Castro se mantiene en el tiempo como el ejemplo del buen periodismo, aquel que favorece al bien común.
(*) Periodista e historiadora

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