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lunes, 13 de julio de 2009

el sistema imperante que ha provocado crímenes, secuestros, encarcelamientos y exilio, ahora produce también suicidio. Centa Reck


Bolivia es ahora un país en el que sin duda se ha vuelto difícil sobrevivir: existe temor, hay mucha desconfianza y la gente se suele apartar o alejar de las personas que todavía se atreven a decir algunas verdades porque de alguna manera sienten que estas podrían provocarles problemas o a la larga o a la corta ser consideradas por el gobierno como personas peligrosas o etiquetadas de algún delito de los que florecen como la cizaña y a los que todos temen o hacen lo posible por tratar de evitar que les salpique.

Desde que Bolivia “cambió” en este sentido, como siempre ocurre en las situaciones extremas, ha aparecido con mayor facilidad la verdadera forma o la verdadera naturaleza de las personas. Hoy podríamos decir que suele ser más fácil ver quien es quien, reconocer a los acomodaticios, ver a los calculadores en todo su esplendor y también ver a los tibios de corazón, ver las ambiciones al descubierto, los que no tienen escrúpulos para llegar a concretar sus planes de obtener algunas pingues ganancias que también surgen como resultado de estas situaciones límites; pero también se hace más fácil reconocer al grupo pequeños de los justos, los que más allá de la conveniencia o inconveniencia de defender algunos principios rectores, los siguen defendiendo en virtud de la decencia y del hecho de que la sociedad necesita que algunos se arriesguen a jugarse porque no se caigan los pilares de la convivencia yla vigencia de los derechos.

En medio de todo este laberinto político donde las persecuciones, sindicaciones, censura, amenazas de todo tipo se han vuelto un tema que ya es parte de la vida diaria, un asunto con el que en mayor o menor medida se confronta esta sociedad desquiciada dividida entre los amenazados en una escala de diferentes grados de peligro o de gravedad y los amenazadores en diferentes grados de agresividad ypeligrosidad. Por supuesto que una sociedad en la que están ocurriendo este tipo de situaciones conlleva el riesgo no sólo de que las persecuciones y amenazas terminen en algún tipo de sindicación, sino de que estas amenazas lleven a que las personas se desestructuren y puedan perder con facilidad las riendas de su vida terminando en problemas mentales o en el suicidio.

Todos o la mayor parte de los ciudadanos activos están ahora expuestos a este tipo de riesgo inminente que surge de un rebalse a causa de las presiones a las que están expuestos. Esto es lo que parece haber ocurrido al fiscal que llevaba el controvertido caso de la denominada “masacre de Pando”, hablamos del fiscal Mariscal, quien terminó suicidándose después de haber padecido un episodio depresivo grave, crisis durante la cual sus allegados han expresado que dio muestra de haberse sentido vulnerable, asqueado, profundamente afectado por un caso en el que estaba presionado a fallar a favor de una versión del hecho de violencia, siguiendo las pautas del relato que se pretende imponer desde esferas del gobierno y que se espera que la justicia convalide a rajatabla, sin reparar en que existen muchas situaciones que conllevan un profundo cuestionamiento a estas versiones, que no son por supuesto fieles a los hechos tal cual ocurrieron o que pretenden negar los factores que desencadenaron estos hechos que por lo tanto pasan a ser muy cuestionables o rebatibles a la luz de las situaciones políticas que se están dando en la actualidad.

El fiscal se descerrajó un tiro en la cabeza, después de haber dado claros síntomas del cuadro depresivo y de grave crisis moral en que se encontraba y después de haber planteado : “Basta de persecución, no seré bandera política de nadie, aquí tienen a otra víctima… ”, entre otras expresiones con las que planteó que se acabara la persecución en Pando, uno de los departamentos del oriente boliviano duramente asediado por la represión y la violencia política imperante.

En la actualidad, decenas de pandinos viven refugiados en Brasil, otros siguen siendo perseguidos, u hostigados, exigidos de tomar partido respecto a investigaciones francamente tergiversadas o inclinadas ex profeso, hay presos políticos, y lo mismo ocurre en Santa Cruz, donde hay una larga lista de supuestos terroristas o que pueden ser tomados como que han colaborado a las sindicadas acciones terroristas por acción, omisión o por último por pensamiento o porque los que elaboran las listas necesitaban que estén dentro del caso así no hayan indicios ni siquiera de haber estado en relación con los supuestos terroristas, pero este delito es a simple sindicación de testigos fabricados.

La carta póstuma del fiscal Mariscal, quien el miércoles pasado se disparó un balazo en su oficina, es una prueba de que se viven tiempos de hostigamiento, una época en la que la verdad de los hechos es lo que menos cuenta, en la que la verdad de una investigación no está en el esclarecimiento sino en seguir el libreto de los que tienen el poder por el mango.

Hay tal desquicio que los malos se han vuelto exitosos y en muchos casos los que pretenden ser justos son objeto de vejámenes, expuestos a graves riesgos y vulnerados en sus derechos, y lo peor del caso es que como también ocurre en este tipo de situaciones incluso la mano de un supuesto amigo se puede volver de la noche a la mañana en una mano enemiga, en la mano que te entrega y te somete.

El fiscal Mariscal no ha zozobrado por debilidad, tal vez decidió quitarse la vida por agotamiento, por la dignidad que a veces prefiere volverse contra sí mismo antes que convertirse en la mano que destruya y aniquile a los demás.

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